Así funciona…

Primero, usted debería saber que aquí no hay mecanismos de relojería, solo un pequeño sistema que funciona a base de acción y reacción, pero en sentidos inversos.
A menos acción, más reacción, a más acción, menos reacción: es sabido que los sentimientos agradables adormecen toda necesidad de avance o disconformismo con respecto a los desperfectos.
Segundo, este sistema falla. Continuamente. Tiene días increíbles donde todo lo propuesto es cumplido, donde cada orden se acata y se lleva a cabos con creces en las espectativas. Pero hay días, semanas, meses completos de inactividad, de bajo rendimiento y espectativas en negativo.
Tercero, no es posible culpar al pobre sistema, el pobre sistema no tiene la culpa de nada, es solo que este querido sistema tiene el pequeño problema de absorber la energía de la que se rodea y muchas veces, por ser un sistema funcional, basado en la acción y reacción y no un sistema racional, basado en interesantes cadenas de pensamientos, tiende a no elegir las mejores energías y se encuentra casi por instinto rodeado de energías que solo son dañinas y que atrasan su funcionamiento y evolución.

Señoras y señores, aseguramos estar en arduo trabajo en la búsqueda de la solución de las fallas del pequeño sistema de acción y reacción. Mientras tanto, sea dulce con él, dele cariño y dulzura: Estudios muestran que reacciona muy bien a estos estímulos.


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Ana Lía, su madre y su abuela.

Ana Lía está sentada afuera de su casa.
Ella lleva sentada allí más o menos todos mis años de conciencia.
Ana Lía tiene, desde que la conozco, la misma edad. Algo así como un dieciseis o decisiete. Increíble. Ella era mayor que yo y un día la alcancé. Ella y yo éramos iguales y un día fui mayor. Un día ella será menor y yo seré una señora arrugada.
La casa de Ana Lía queda a una cuadra de la mía, del mismo lado de la vereda. Al lado del portón que tiene pintada la leyenda “La Húmeda” y que hace unos años funcionó durante unos meses un puterío de poco vuelo pero mucha visita.
Ana Lía vive su vida sin levantarse de ese paredoncito que contiene el jardín de entrada a su casa.

Yo paso con seis años y Ana Lía toma mate con sus amigas. Saludo con verguenza de niña y observo a las adolescentes con anhelo.
Yo paso con diez años, es verano y ella sola, mira a la gente pasar. De la ventana del cuarto de su hermano sale a todo volumen heavy metal y ella canta. Ana Lía tiene una linda voz, aguda y dulce, hasta para el heavy metal.
Paso otra vez con trece y es de noche, voy a la librería a sacar las fotocopias para llevar al colegio al otro día. Aún sigo con el uniforme puesto. Ana Lía apreta en la vereda con novio-niño de turno. Están medio a oscuras, pero visibles y apretan, apretan mucho, se nota el calor del novio-niño. Yo no saludo, nunca saludo cuando ella apreta.
Yo paso con diecisiete años y somos iguales. Camino con amigas, en nuestras últimas vacaciones de pueblo, en el páramo veraniego cuando no se es ni polimodal ni universidad, pero se nota que nos vamos, que algo nos espera en marzo. Ana Lía está ahí, cuidando a los hijos del verdulero de la esquina. La saludo, ya sin miedo, la saludo y sonrío sincera. Ana Lía y yo somos iguales.
Paso-hoy- por la casa de Ana Lía. Ella tiene un hijito, de dos años, un hijito que fue casi concebido-gestado-parido en esa vereda. Tiene un nuevo novio-niño (sus novios, como ella, puede que le cambien la cara pero jamás la edad, ella tiene diecisiete, sus novios quince, sin importar como el tiempo pase) Según mi mamá, el novio-niño de ahora no es el papá del hijo-niño de Ana Lía.
Según mi mamá, la mamá de Ana Lía tuvo un vida bastante similar. Estudió, trabajó unos años y se dedicó a cuidar niños, sin salir de su casa.
Según mi mamá, la abuela de Ana Lía tuvo una vida bastante similar. Se casó, crió hijos y cuando los hijos crecieron y trabajaron, cuidó nietos:
Entre ellos Ana Lía.
Que para mí nacio de diecisiete y sentada en la vereda. Con el flequillo recto hacia adelante, las mejillas rozadas y una voz aguda y agradable. Dispuesta a todo repertorio y a todo el que pase por ahí y sin miedo la salude.

Cazafantasmas.

Mi viejo jodía con los planos. Mi viejo fue un precursor del concepto layer en la vida familiar/sentimental.
Que tu hermano no debe estar en el plano amigo. Una amiga, no debería funcionar como madre. La negación total a la doble-funcionalidad de las personas. Es eso, y eso dejalo ser.

El tema es cuando una nota estar cambiando el plano en la vida de otro.
Y peor aún: cuánto copa haber cambiado.

El cambio específico. La renovación del ciclo idiota de amor-odio-alejamiento y de repente se vuelve a ser el ser especial. No quiero decir el más importante, solo el distinto: el corte de rutina.

(Hace cinco minutos ella se subió a un colectivo y el mensaje que llega dice que es “hoy o nunca”)

Obvio que es hoy, pero también es obvio que el hoy va a provocar un rompimiento en la cláusula Nunca. Va a ser de vuelta, y no me molesta los viajes, los mensajes y que tengas miedo, tanto miedo, de que yo sea una niña enamorada incapaz de superar los hechos y vivir su vida. Pero claro que sí puedo superar los hechos y vivir mi vida-que tan linda puede estar- pero el nuevo plano ocupa un lugar bonito en mi cabeza.

Isla frutal.

La manzana de mi casa forma un limbo. No siempre fue así, no sir.

Aprendí a andar en bicicleta a una edad horriblemente tardía. Los trece. Malditos trece y su séptimo grado. Eramos dos las que no sabíamos andar, éramos dos las que convencíamos al resto de salir a pié. Ella aprendió, yo debí sucumbir a la presión grupal- de todas maneras es una de las pocas cosas que hice por presión externa y de las que no tengo ningún rencor: todos adoramos la brisa de un paseo en bicicleta-.

Pero ese no era el punto. El punto es que aprendí a andar en bicicleta en la calle que cruzaba con la de mi casa, que era mano y contramano, al igual que su paralela, la otra que cruzaba. Me dejaban andar en bici ahí, solo ahí. Comencé con constantes vueltas a la manzana para dominar el arte de esquivar espejos de auto. Y daba la vuelta, Felipe y Graciana acomapañaban, jugábamos carreras, nos mareábamos de hacer lo mismo y estaba bien. Todo estaba bien. Pasaba cada minutos contados enfrente de mi casa, la calle mitre, despues Pinazo, Sarden, Arroquigaray y Mitre otra vez.

Mitre-Pinazo-Sarden-Arroguigaray. Mil veces, las que hicieran falta.

Hace unos años, quien sabe cuando o por qué, ni quién fue el Master que tomó esa desición: a las dos calles mano/contramano, las volvieron una sola mano, pero no de la manera que hacía falta! no… Lo hicieron de la manera que no se puede dar vuelta a la manzana. No hay manera (legal al menos, sin violar los codiguitos idiotas de transito) de dar la vuelta a la manzana en bici.

Y hoy lo entendí, mi manzana es un limbo, no tiene ciclo, no tiene ese sentido de infinito que todas las manzanas deberían tener. No hay ciclo, no hay armonía.

Será casualidad? o será un mensaje que tardé en entender?

Mi manzana es una isla.

(man)

Por los errores de cálculo, por las yemas quemadas, la falta de desición y el odio desmedido a saber que otra vez faltan cinco nefastos días:
Te diría que a veces quisiera volver todo a la normalidad.
Linda, bella, preciosa normalidad.
En palermo, almagro, caballito o colegiales. Toda tu rara normalidad, y toda mi sensación de seguridad.

Eras mi mantita azul.