Media Pila Lu (Reloaded)

No escribiría diez canciones desde un corazón roto. No crearía algo desde el sufrimiento. Ni siquiera me gusta la perspectiva de la vida desde la tristeza.
Es mejor esperar a que la luz del sol no parezca una ironía. Si hay paciencia, hay manera de llegar al día que no haya gusto amargo después de muchas risas…
Volver a una casa solitaria y estar bien con una. Irse a dormir sin esperar un abrazo en esa última hora, si total, ya se tuvo todos los necesarios en el resto del día.
Lo que nadie dice, o al menos nadie repite, es de que las maneras de amar y ser amado aún no fueron descubiertas en totalidad.
Pocas personas se animan a contarlo, solo los que ya entendieron que todo el amor que parecía eterno se borra tanto más fácil que los mails que vas a dejar en la casilla para leerlos cada seis meses, recordar, tratar de ponerte meláncolica y febril, para darse cuenta un tiempo después que ya no tienen “ese” efecto.
Esa persona ya no tiene efecto. El mismo efecto al menos.
Y hablo por primera vez sin mala leche,rencor o dolor. Me gustan las cicatrices cerradas y rosas. Me gustan ver que si siguen sanando así de bien, en un tiempito no se verán más.

Agosto va a ser tan largo como sea necesario.

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Una foto vieja

Sacala a pasear. Divertila, hacela reír. Abrazala fuerte y no la sueltes.
Contale una historia, contale todos los capítulos escritos de la historia.
Bañala en sol y llenala a besos. Divertila un poco más, que si se ríe mucho la sonrisa le brilla.
Encontrala en la misma esquina dónde yo la dejé. Gritale su nombre y corré a su encuentro.
Ella va a correr también y su cabello se despeina bello. Su falda plisada se mueve al viento.
Le gusta abril para salir. Le gusta abril para que la encuentren en esa esquina.
Y en la esquina me quedo yo. Con una mantita y un libro lindo. En la esquina voy a esperar hasta que nosotras volvamos a hacer posta. La una de la otra. La otra de la una. En la esquina siempre una, en el mundo siempre otra.
A ella le gusta a Abril. Y que la saquen a pasear.

“Charlatana”

Una vez estuve una semana casi sin hablar.
Era enero, mi hermano estaba de vacaciones, la casa sola para mí. Trabajaba cuatro horas, llegaba cuando el local estaba aún cerrado y no debía saludar a nadie. Me iba de ahí y tal vez saludaba alguien al irme. No era seguro. Era enero y la mayoría de mis amigos estaban de viaje, por no decir todos, en sí, todos los amigos con los que habría aceptado verme, estaban de viaje. Mi novio de ese momento incluído. Toditos idos, Buenos Aires, sola, como le pasa a cualquier boludo en verano. A la una, cuando me iba del trabajo, mis últimas palabras eran “Uno diez por favor” al subirme al colectivo. Luego, ya en casa, no había excusa para hablar. Mi boca cerrada, durante horas: luego de unos días comencé a desarrollar la costumbre de hablar sola, de decirme frases en voz alta, a pensar sonoramente. Necesitaba emitir palabra, usar el aire y ejercitar las cuerdas vocales.

Desde cuarto grado, por no decir antes, me hice la fama de charlatana, de esas que no soportan el silencio, de aquellas que siempre tienen algo para contar, o algo para agregar a la historia ajena. Juro, que aquello no fue un caso de eso. Iba más allá. Era la necesidad de oír una voz, aunque fuese la mía. Era el sentimiento de que el tiempo se ponía de vuelta en marcha cada vez que me expresaba a la soledad del departamento y yo.

Los veranos son tan reflexivos.

Un mal sueño

Metafóricamente sería algo así:

Sos como un nene, chiquito, nuestros padres son amigos. Se juntan a cenar, nos ponen juntos en la mesa de al lado, the kid´s table. Nos sentimos solos, en nuestros mundos y nos unimos. Jugamos un rato, te hago reír, parecés tímido, pero no… no lo sos, solo sos de esas personas que les hace falta un ratito para tomar acelero en las palabras, ritmo mejor dicho. Jugando, podés ser malo, tirarme del pelo, empujarme corriendo, pero no me importa, algo me da confianza y perdono, sigo riendo, me divierto aunque no sea del todo bueno.

De repente, más padres llegan con sus niños y la mesa de los chicos se acumula. Más caras, más sonrisas, nuevas personitas, las ves, te llaman la atención. Yo, niña desenvuelta en las palabras, hago trato y te introduzco, te ayudo a que tomes de vuelta ritmo y cuando lo hacés….pum… ya no soy necesitada. Jugás con los nuevos niños, que puede que sí, que se desenvuelvan más naturalmente que yo, que no necesiten tanto de las palabras y que sean más “copados” con simplemente actos. Yo sonrío, no puedo dejar de sonreír, al fin y al cabo, lo que te haga feliz, de alguna manera también me hace feliz: por más aparte que quede.


Finalmente, uno de los niños se duerme, otros dos van a ver la tele, alguno se va temprano con sus padres y otra vez, en la mesa, vos y yo. Me mirás, te acordás que estaba ahí y vuelvo a no parecer tan mala opción. Quiero mostrarme ofendida, pero me decís que me querés y yo te creo, porque sé que no sabés mentir.
Solo sos un niño, pequeño, que no sabe manejar sus impulsos. Un niño pequeño en un mundo lleno de gente. Un lindo pendejo egoísta. Y yo una regordeta pendeja esperando que le digan todo lo que quiere escuchar, siendo un te quiero, uno de los items más importantes de la lista.

Elige tu propia ventura.

Tres cartas, a la nada misma, pero con cuatro o cinco nombres viniendo a la cabeza a quiénes podría encabezarlas.

CARTA UNO
Quiero presentarte a los dos componentes que van a sumarse a tu vida:
Ella es Mente, querida por contradictoria. El es Cuerpo, querido por imperfecto.

CARTA DOS
Hablaría desde la euforia misma, pero ya nos han hecho entender que es una práctica indeseada en la dama.
En la bonita, bella, divina señorita de rizos dorados y ojos redondos, sinceros y profundos que se esconde dentro de mí.
Lo juro: no soy solo malas palabras, “yayo-chistes” y gestos obsenos.

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