Mi gato muerto

Mi gato murió en el cumpleaños de Lennon.
En realidad, apareció muerto en el cumpleños de Lennon. Había desaparecido varios días atrás, y ese día mi mamá lo encontró en la esquina de casa, algo destrozado. Me contó mientras planchaba, buscando las palabras correctas para contar la noticia. Sé que en su momento nos mintió acerca de las causas de su muerte. Años más tarde supe la verdad.
Cuando mi gato murió aún no sabía que Lennon había nacido ese día, solo me bajoneaba un poco el hecho de que mi gato-llamado erróneamente y por honor a Alf “Suertudo”- se muriese dos días antes de mi cumpleaños.
Era un buen gato y fue una época, de despertarme a la mañana con el gato a los pies de mi cama a tomar el desayuno con mi abuelo, hoy, también, muerto.
Y Lennon también, muerto desde siempre, en mi caso.
Lo quiero decir, a lo que quiero llegar, en lo que mis padres nunca le erraron: fue en enseñarme hasta el hartazgo que la muerte está circulando dentro de la vida, porque es lo mismo, es un conjunto, es la energía siempre en transformación. Lennon muerto sigue presente. Mi gato muerto, lo recuerdo solo en esta fecha (y algunas veces más). Mi abuelo sigue apareciendo en sueños para charlar un rato, en el patio de casa, siempre con luz de otoño.

Hasta la rodilla

Con aquella teoría incomprobable, pero que ella asegura que así es, solo podemos apuntar a una explicación – relativamente – racional.
Nuestros prejuicios nos persiguen.

Juntos con nuestros miedos, nuestros errores y nuestras tareas incompletas. Small, medianos y extralarge: Todo obstáculo esquivado no va a hacer más que volver a buscarnos. Como cazadores, vendedores ambulantes y ex-parejas con problemas mentales; estos fantasmas saben nuestros números de teléfono, la dirección laboral y hogareña y las coordenadas justas dónde nuestros sueños se acomodan, para llenarlos de reproches.

Porque lo no resuelto vuelve, una y otra vez, hasta que la piel se engrose lo suficientemente para el enfrentamiento.
Porque todos nos podemos hacer cargo y dejar miedos atrás.
Porque la manera de pensar es maleable hoy y todos los días.
Porque alguna mañana de sábado vamos a levantarnos con las ganas suficientes de ordenar todos los papeles desornados en el escritorio- o los mil archivos en el desktop-.

Y porque con solo recordar dónde le erré, en el momento indicado, puedo volver a no pisar la misma baldosa floja y evitar POR UNA VEZ EN LA VIDA llenarme de barro hasta la rodilla en un maravilloso día de sol.

They say it’s your birthday.

La expresión correcta sería “Dicen que fue tu cumpleaños”, pero al tratarse de Bárbara una alusión a Los Beatles siempre es correcta. Para ella y para festejar su cumpleaños a distancia, y diría también- por las participaciones especiales- para mis amigas. La que no esté, que no se ofenda, debe ser que no la perseguí lo suficiente para sacarle foto.

Ana Lía, su madre y su abuela.

Ana Lía está sentada afuera de su casa.
Ella lleva sentada allí más o menos todos mis años de conciencia.
Ana Lía tiene, desde que la conozco, la misma edad. Algo así como un dieciseis o decisiete. Increíble. Ella era mayor que yo y un día la alcancé. Ella y yo éramos iguales y un día fui mayor. Un día ella será menor y yo seré una señora arrugada.
La casa de Ana Lía queda a una cuadra de la mía, del mismo lado de la vereda. Al lado del portón que tiene pintada la leyenda “La Húmeda” y que hace unos años funcionó durante unos meses un puterío de poco vuelo pero mucha visita.
Ana Lía vive su vida sin levantarse de ese paredoncito que contiene el jardín de entrada a su casa.

Yo paso con seis años y Ana Lía toma mate con sus amigas. Saludo con verguenza de niña y observo a las adolescentes con anhelo.
Yo paso con diez años, es verano y ella sola, mira a la gente pasar. De la ventana del cuarto de su hermano sale a todo volumen heavy metal y ella canta. Ana Lía tiene una linda voz, aguda y dulce, hasta para el heavy metal.
Paso otra vez con trece y es de noche, voy a la librería a sacar las fotocopias para llevar al colegio al otro día. Aún sigo con el uniforme puesto. Ana Lía apreta en la vereda con novio-niño de turno. Están medio a oscuras, pero visibles y apretan, apretan mucho, se nota el calor del novio-niño. Yo no saludo, nunca saludo cuando ella apreta.
Yo paso con diecisiete años y somos iguales. Camino con amigas, en nuestras últimas vacaciones de pueblo, en el páramo veraniego cuando no se es ni polimodal ni universidad, pero se nota que nos vamos, que algo nos espera en marzo. Ana Lía está ahí, cuidando a los hijos del verdulero de la esquina. La saludo, ya sin miedo, la saludo y sonrío sincera. Ana Lía y yo somos iguales.
Paso-hoy- por la casa de Ana Lía. Ella tiene un hijito, de dos años, un hijito que fue casi concebido-gestado-parido en esa vereda. Tiene un nuevo novio-niño (sus novios, como ella, puede que le cambien la cara pero jamás la edad, ella tiene diecisiete, sus novios quince, sin importar como el tiempo pase) Según mi mamá, el novio-niño de ahora no es el papá del hijo-niño de Ana Lía.
Según mi mamá, la mamá de Ana Lía tuvo un vida bastante similar. Estudió, trabajó unos años y se dedicó a cuidar niños, sin salir de su casa.
Según mi mamá, la abuela de Ana Lía tuvo una vida bastante similar. Se casó, crió hijos y cuando los hijos crecieron y trabajaron, cuidó nietos:
Entre ellos Ana Lía.
Que para mí nacio de diecisiete y sentada en la vereda. Con el flequillo recto hacia adelante, las mejillas rozadas y una voz aguda y agradable. Dispuesta a todo repertorio y a todo el que pase por ahí y sin miedo la salude.

De domingo.

(Sacadas en domingo. Sacada en un lunes/martes)