Fotografiando personas en Enero

Haciendo click en “Seguir leyendo” más retratos tomados a personas queridas (y algunas desconocidas) durante el verano 2012.

Sigue leyendo

Anuncios

The Pianito Man

Estoy más que segura que hablaré de un tema que afecta a casi todo el que vive en edificios:

Odio a quiénes viven arriba.

Y creo, realmente, honestamente – sin estar haciendo uso de mi exceso de sentimientos – que mi odio es justificado. Sin contar el volumen altísimo con el que mira televisión absolutamente todos los días de semana, al rededor de la una o dos de la mañana (más o menos el horario en el que decido apartarme del mundo por lo que “queda del día”), y que además estoy casi completamente segura que esa tele del infierno miradora de canales de aire se encuentra justo arriba de mi cama….

Respiro hondo… y sigo:

Sigue leyendo

“Charlatana”

Una vez estuve una semana casi sin hablar.
Era enero, mi hermano estaba de vacaciones, la casa sola para mí. Trabajaba cuatro horas, llegaba cuando el local estaba aún cerrado y no debía saludar a nadie. Me iba de ahí y tal vez saludaba alguien al irme. No era seguro. Era enero y la mayoría de mis amigos estaban de viaje, por no decir todos, en sí, todos los amigos con los que habría aceptado verme, estaban de viaje. Mi novio de ese momento incluído. Toditos idos, Buenos Aires, sola, como le pasa a cualquier boludo en verano. A la una, cuando me iba del trabajo, mis últimas palabras eran “Uno diez por favor” al subirme al colectivo. Luego, ya en casa, no había excusa para hablar. Mi boca cerrada, durante horas: luego de unos días comencé a desarrollar la costumbre de hablar sola, de decirme frases en voz alta, a pensar sonoramente. Necesitaba emitir palabra, usar el aire y ejercitar las cuerdas vocales.

Desde cuarto grado, por no decir antes, me hice la fama de charlatana, de esas que no soportan el silencio, de aquellas que siempre tienen algo para contar, o algo para agregar a la historia ajena. Juro, que aquello no fue un caso de eso. Iba más allá. Era la necesidad de oír una voz, aunque fuese la mía. Era el sentimiento de que el tiempo se ponía de vuelta en marcha cada vez que me expresaba a la soledad del departamento y yo.

Los veranos son tan reflexivos.

Cuál Juana Molina

A veces sentirse rara se vuelve un sinónimo de sentirse bien. Cuando se está rara, no se está mal, solo se está vibrando entre varios estados distintos. Estados que… pueden no tener coherencia entre sí, pero al mismo tiempo saber albergarse juntos, al ladito, tomados de la mano, mirando el mismo horizonte, con el mismo atardecer. Hace un tiempo que dejé de tener miedo, hace un tiempo que decidí borrar a la incertidumbre de la lista de invitados en mi continua (y atestada) fiesta de pensamientos.
Es como cuando llegué a Buenos Aires hace seis años y en el mar de autos, malos humores, apuros y velocidad en la palabra me di cuenta que mi armonía es nerviosa, fluctuante y contradictoria.
Dos posibilidades: no tengo ni idea lo que es la armonía o todo se encuentra en tal estado de cambio que armonía hoy en día puede ser no dejar de moverse, negarse a irse a dormir y jamás, jamás, dejar de tratar de ganarle al destino tratando de adivinar lo que él tiene pensado para todos nosotros.

Sabelotodo

Una pendeja irrespetuosa, de palabras grandes para boca chica (y labios finos). Una adolescente adormecida por la globalización, con vocablos de muchas sílabas y significados ambiguos.
Una mujercita enterrada en confusión. Soberbia como ella sola. Empezando todas las frases con “Sí, ya sé”. Las cachetadas una tras otra, los achaques a las malas maneras y palabrotas que no van con uñitas pintadas y manitas suaves de “nunca trabajé”.
La virginidad en plena destrucción de su virtud. Se vuelve una carga la falta de besos. Se volvió molesta la incapacidad de incorporar a las anécdotas nuevas historias de manoseo juvenil.
Cena y se va. Levanta la mesa y desaparece. Cierra la puerta, prende la computadora: La música, toda y en random, tapando a veces el sonido de la conexión con cánticos agudos que no desaparecen con el tiempo. Enfrente del brillo de la pantalla escupiendo el corazón en palabras de otros que hablan mejor de los temas de los que faltan palabras.
Que si se conecta, qué decir y cómo, para tapar las ignorancias, las inscontancias y las falencias. Y sino, escribir hasta el cansancio las historias que se enriedan en las calles de pueblo corriendo de la mano. Las disputas hasta la muerte de hermanos que se odian por envidiarse. De esa chica que nace de un título hasta convertirse en tres hojas oficio en gill sants 12. Un señor semejante al ejemplo, como problemas distintos pero iguales y hundido en la mentira. Y todos los poemas rotos por demasiadas palabras.
Siete años después: La misma luz, otra música. Una computadora nueva, el mismo escritorio. Más anécdotas, menos adolescente.
La soberbia, aún, contando historias, aún. Incapaz de callarse hasta quedesenriede el embrollo interior.
Si es que los nudos se acaban algún día.