Tus hijos me llamarán Tía

Uno siente que la pendejada se va pasando cuando ciertas ideas no parecen tan lejos ni imposibles.
Atravesamos un momento dónde la fantasía infantil de la familia feliz se desdibuja, se hace menos luminosa y menos fácil y entramos en el cinismo, en el “yo no tengo pibes ni a palos”, “falta muchísimo tiempo para eso”, “¿Para qué me casaría sino conozco padres que sigan juntos?”

Sin embargo, ni siquiera tan grandes, encontramos un alguien que nos cierra la boca. Osea, la persona no cambia nuestro pensamiento, lo que sentimos por ella: Sí.

Son los seres que nos vuelven orgullosos panqueques que se tragan las palabras y por las cuáles tenemos sueños que una vez fueron considerados nefastos, pero que de un momento a otro nos despiertan con una gran sonrisa en la cara y con ganas de seguir soñando con los ojos abiertos. “Por vos, panquequeo hasta en mis creencias religiosas. Por voz panquequeo mi equipo de fútbol y escucho esa banda a la que hice la cruz, una vez, por allá, adolescente y desdichada.”
Y no solo panquequeamos en pareja, también panquequeamos por amor a la amistad. Y te encontrás, cuál estúpida pero tierna-tiernísima a la vez, diciéndole a una amiga que en su casamiento adorarías usar traje. Soñando que un amigo se casa y que te estás comprando un vestido en Las Pepas (azul hermoso) para ir. O pleaneando con una de las más queridas en que año ambas vamos a quedar embarazadas de dos nenas hermosas (y que si salen hombres, seguramente saldrán gays), diciéndonos una a la otra “Tus hijos me llamarán tía”… porque también estamos pasando por la edad en la que te das cuenta que familia no es pareja, hijos y los que comparten tu sangre. Familia es otra cosa y es posible elegirla.

Isla frutal.

La manzana de mi casa forma un limbo. No siempre fue así, no sir.

Aprendí a andar en bicicleta a una edad horriblemente tardía. Los trece. Malditos trece y su séptimo grado. Eramos dos las que no sabíamos andar, éramos dos las que convencíamos al resto de salir a pié. Ella aprendió, yo debí sucumbir a la presión grupal- de todas maneras es una de las pocas cosas que hice por presión externa y de las que no tengo ningún rencor: todos adoramos la brisa de un paseo en bicicleta-.

Pero ese no era el punto. El punto es que aprendí a andar en bicicleta en la calle que cruzaba con la de mi casa, que era mano y contramano, al igual que su paralela, la otra que cruzaba. Me dejaban andar en bici ahí, solo ahí. Comencé con constantes vueltas a la manzana para dominar el arte de esquivar espejos de auto. Y daba la vuelta, Felipe y Graciana acomapañaban, jugábamos carreras, nos mareábamos de hacer lo mismo y estaba bien. Todo estaba bien. Pasaba cada minutos contados enfrente de mi casa, la calle mitre, despues Pinazo, Sarden, Arroquigaray y Mitre otra vez.

Mitre-Pinazo-Sarden-Arroguigaray. Mil veces, las que hicieran falta.

Hace unos años, quien sabe cuando o por qué, ni quién fue el Master que tomó esa desición: a las dos calles mano/contramano, las volvieron una sola mano, pero no de la manera que hacía falta! no… Lo hicieron de la manera que no se puede dar vuelta a la manzana. No hay manera (legal al menos, sin violar los codiguitos idiotas de transito) de dar la vuelta a la manzana en bici.

Y hoy lo entendí, mi manzana es un limbo, no tiene ciclo, no tiene ese sentido de infinito que todas las manzanas deberían tener. No hay ciclo, no hay armonía.

Será casualidad? o será un mensaje que tardé en entender?

Mi manzana es una isla.