The Pianito Man

Estoy más que segura que hablaré de un tema que afecta a casi todo el que vive en edificios:

Odio a quiénes viven arriba.

Y creo, realmente, honestamente – sin estar haciendo uso de mi exceso de sentimientos – que mi odio es justificado. Sin contar el volumen altísimo con el que mira televisión absolutamente todos los días de semana, al rededor de la una o dos de la mañana (más o menos el horario en el que decido apartarme del mundo por lo que “queda del día”), y que además estoy casi completamente segura que esa tele del infierno miradora de canales de aire se encuentra justo arriba de mi cama….

Respiro hondo… y sigo:

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Una foto vieja

Sacala a pasear. Divertila, hacela reír. Abrazala fuerte y no la sueltes.
Contale una historia, contale todos los capítulos escritos de la historia.
Bañala en sol y llenala a besos. Divertila un poco más, que si se ríe mucho la sonrisa le brilla.
Encontrala en la misma esquina dónde yo la dejé. Gritale su nombre y corré a su encuentro.
Ella va a correr también y su cabello se despeina bello. Su falda plisada se mueve al viento.
Le gusta abril para salir. Le gusta abril para que la encuentren en esa esquina.
Y en la esquina me quedo yo. Con una mantita y un libro lindo. En la esquina voy a esperar hasta que nosotras volvamos a hacer posta. La una de la otra. La otra de la una. En la esquina siempre una, en el mundo siempre otra.
A ella le gusta a Abril. Y que la saquen a pasear.

La buena pipa

Hay una sola cosa que me sale decir en cierta situación. Cierta situación que creo que hasta hoy se me dio alrededor de tres veces. Pero en sí, todos tenemos la latencia, pero en sí, creo que algún día alguien me va a callar y decir exactamente las mismas palabras. A veces una se cansa del cuentito de “tengo que cambiar”, te pudrís de escuchar al ser querido repitiendo que no tiene ganas de hacer tal o cuál cosa más. De sentirse mal consigo mismo y querer dejar atrás las malas costumbres, las malas acciones, los malos hábitos. Para después, tal vez cinco segundos después, respirar hondo, tragarse las palabras y hacer justamente lo contrario a lo que dijo.
Y las primeras veces me la comí y creí. Más tarde, asentí y no dije nada. Otra vez mandé a la mierda y pedí que no me mintieran más. Alguna vez directamente no escuché. Finalmente encontré las palabras justas.

“¿Sabés? No me repitas más eso, no me lo repitas a mí, no se lo repitas a nadie. Simplemente, un día levantate y hacelo. Nada más. O mejor dicho, un día levantate y no lo hagas. Y al día siguiente también, al día que le siga, lo mismo. Yo ya no quiero escuchar nada y vos tampoco querés escucharte nada más. Así que una mañana, dónde te sientas más fuerte y con más confianza, tomá el primer paso, aunque sea el paso más chiquitito que haya dado un ser humano sobre la tierra.”

Tal vez nunca lo haya dicho exactamente así, pero siempre es lo que quiero decir cuando empiezo diciendo, ¿sabés? no me lo repitas más, simplemente hacelo.