Mi gato muerto

Mi gato murió en el cumpleaños de Lennon.
En realidad, apareció muerto en el cumpleños de Lennon. Había desaparecido varios días atrás, y ese día mi mamá lo encontró en la esquina de casa, algo destrozado. Me contó mientras planchaba, buscando las palabras correctas para contar la noticia. Sé que en su momento nos mintió acerca de las causas de su muerte. Años más tarde supe la verdad.
Cuando mi gato murió aún no sabía que Lennon había nacido ese día, solo me bajoneaba un poco el hecho de que mi gato-llamado erróneamente y por honor a Alf “Suertudo”- se muriese dos días antes de mi cumpleaños.
Era un buen gato y fue una época, de despertarme a la mañana con el gato a los pies de mi cama a tomar el desayuno con mi abuelo, hoy, también, muerto.
Y Lennon también, muerto desde siempre, en mi caso.
Lo quiero decir, a lo que quiero llegar, en lo que mis padres nunca le erraron: fue en enseñarme hasta el hartazgo que la muerte está circulando dentro de la vida, porque es lo mismo, es un conjunto, es la energía siempre en transformación. Lennon muerto sigue presente. Mi gato muerto, lo recuerdo solo en esta fecha (y algunas veces más). Mi abuelo sigue apareciendo en sueños para charlar un rato, en el patio de casa, siempre con luz de otoño.

Sabelotodo

Una pendeja irrespetuosa, de palabras grandes para boca chica (y labios finos). Una adolescente adormecida por la globalización, con vocablos de muchas sílabas y significados ambiguos.
Una mujercita enterrada en confusión. Soberbia como ella sola. Empezando todas las frases con “Sí, ya sé”. Las cachetadas una tras otra, los achaques a las malas maneras y palabrotas que no van con uñitas pintadas y manitas suaves de “nunca trabajé”.
La virginidad en plena destrucción de su virtud. Se vuelve una carga la falta de besos. Se volvió molesta la incapacidad de incorporar a las anécdotas nuevas historias de manoseo juvenil.
Cena y se va. Levanta la mesa y desaparece. Cierra la puerta, prende la computadora: La música, toda y en random, tapando a veces el sonido de la conexión con cánticos agudos que no desaparecen con el tiempo. Enfrente del brillo de la pantalla escupiendo el corazón en palabras de otros que hablan mejor de los temas de los que faltan palabras.
Que si se conecta, qué decir y cómo, para tapar las ignorancias, las inscontancias y las falencias. Y sino, escribir hasta el cansancio las historias que se enriedan en las calles de pueblo corriendo de la mano. Las disputas hasta la muerte de hermanos que se odian por envidiarse. De esa chica que nace de un título hasta convertirse en tres hojas oficio en gill sants 12. Un señor semejante al ejemplo, como problemas distintos pero iguales y hundido en la mentira. Y todos los poemas rotos por demasiadas palabras.
Siete años después: La misma luz, otra música. Una computadora nueva, el mismo escritorio. Más anécdotas, menos adolescente.
La soberbia, aún, contando historias, aún. Incapaz de callarse hasta quedesenriede el embrollo interior.
Si es que los nudos se acaban algún día.

Hasta la rodilla

Con aquella teoría incomprobable, pero que ella asegura que así es, solo podemos apuntar a una explicación – relativamente – racional.
Nuestros prejuicios nos persiguen.

Juntos con nuestros miedos, nuestros errores y nuestras tareas incompletas. Small, medianos y extralarge: Todo obstáculo esquivado no va a hacer más que volver a buscarnos. Como cazadores, vendedores ambulantes y ex-parejas con problemas mentales; estos fantasmas saben nuestros números de teléfono, la dirección laboral y hogareña y las coordenadas justas dónde nuestros sueños se acomodan, para llenarlos de reproches.

Porque lo no resuelto vuelve, una y otra vez, hasta que la piel se engrose lo suficientemente para el enfrentamiento.
Porque todos nos podemos hacer cargo y dejar miedos atrás.
Porque la manera de pensar es maleable hoy y todos los días.
Porque alguna mañana de sábado vamos a levantarnos con las ganas suficientes de ordenar todos los papeles desornados en el escritorio- o los mil archivos en el desktop-.

Y porque con solo recordar dónde le erré, en el momento indicado, puedo volver a no pisar la misma baldosa floja y evitar POR UNA VEZ EN LA VIDA llenarme de barro hasta la rodilla en un maravilloso día de sol.