The Pianito Man

Estoy más que segura que hablaré de un tema que afecta a casi todo el que vive en edificios:

Odio a quiénes viven arriba.

Y creo, realmente, honestamente – sin estar haciendo uso de mi exceso de sentimientos – que mi odio es justificado. Sin contar el volumen altísimo con el que mira televisión absolutamente todos los días de semana, al rededor de la una o dos de la mañana (más o menos el horario en el que decido apartarme del mundo por lo que “queda del día”), y que además estoy casi completamente segura que esa tele del infierno miradora de canales de aire se encuentra justo arriba de mi cama….

Respiro hondo… y sigo:

Lo que realmente me jode es su pianito. Que decidimos tácitamente con mi hermano, apodar “Pianito” por sus cualidades agudas. Es decir, seguramente debe ser un órgano. Es decir, de pianito no hay nada. Solo la intención, y la capacidad de atravesar paredes con su sonido.

A las nueve o a las diez o a las once o doce de la mañana de todos los sábados y domingos. ¿Su repertorio? Un malestar estomacal de canciones irreconocibles que a mi oído totalmente sumergido en la rabia le suenan dignas de un Cesar Banaoine Pueyrredón. O cosas así.

Hoy me desperté cuando hizo esa cosa que no sé cómo se llama dónde con el dedito vas desde la tecla más grave a la más aguda.

Estridente. Sonorísimo.

Y una canción romanticona, acto seguido.

No te quiero. No me caes bien.

Ojalá que con el calor haya un bajón de tensión jodido y se te queme el transformador Pianito Man.

Me desperté con eso. Sí.

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