“Charlatana”

Una vez estuve una semana casi sin hablar.
Era enero, mi hermano estaba de vacaciones, la casa sola para mí. Trabajaba cuatro horas, llegaba cuando el local estaba aún cerrado y no debía saludar a nadie. Me iba de ahí y tal vez saludaba alguien al irme. No era seguro. Era enero y la mayoría de mis amigos estaban de viaje, por no decir todos, en sí, todos los amigos con los que habría aceptado verme, estaban de viaje. Mi novio de ese momento incluído. Toditos idos, Buenos Aires, sola, como le pasa a cualquier boludo en verano. A la una, cuando me iba del trabajo, mis últimas palabras eran “Uno diez por favor” al subirme al colectivo. Luego, ya en casa, no había excusa para hablar. Mi boca cerrada, durante horas: luego de unos días comencé a desarrollar la costumbre de hablar sola, de decirme frases en voz alta, a pensar sonoramente. Necesitaba emitir palabra, usar el aire y ejercitar las cuerdas vocales.

Desde cuarto grado, por no decir antes, me hice la fama de charlatana, de esas que no soportan el silencio, de aquellas que siempre tienen algo para contar, o algo para agregar a la historia ajena. Juro, que aquello no fue un caso de eso. Iba más allá. Era la necesidad de oír una voz, aunque fuese la mía. Era el sentimiento de que el tiempo se ponía de vuelta en marcha cada vez que me expresaba a la soledad del departamento y yo.

Los veranos son tan reflexivos.

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