El descaro

Se hizo de noche y de nuevo no puedo quejarme.
Ya comenté a varios como es el temita: el día que no tenga nada más en que quejarme me caigo muerta y es el fin de mi existencia entera.
Pero hoy estoy tranquila, de la noche no me quejo, pero de otras cosas sí.
Que esto funcione de orejeras y polainas, de precalentamiento enfrente de los espejos, de ejercicios de estiramiento, de vocalizaciones necesarias y que luego la inspiración golpee y me deje sin la claridad de mi nombre, más si de las palabras correctas.

Que caiga el rayo en el condensador de flujos que activa el transductor de la cabeza al word.
Jamás me atrevería a decir que ser yo es complicado. Pero sí puedo tirarme el lance de explicar algo así como que mi cabeza no es la sala de espera más confortable del mercado. Mi fila de patos se ordena por afinidad entre ellos, en mi cancha no hay jugadores porque el fútbol no me interesa y al jarro de caramelos le faltan varios porque… porque… bueno:

Me los comí.

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